Capital de la Poesía, José G. Ladrón de Guevara

OPINIÓN, IDEAL (lunes 03.09.2012)

La Columna del Búho

Capital de la Poesía

JOSÉ G. LADRÓN DE GUEVARA
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Dicen que vivimos malos tiempos para la lírica. Puede ser. Pero yo veo que, no obstante, crece, y ‘exponencialmente’, que es la palabra de moda, la población de poetas y poetisas, proliferando como setas en los bosques tras las primeras lluvias otoñales, tan fértiles como románticas. Me refiero al territorio granadino, pero supongo que será lo mismo por el resto de los predios nacionales. Poetas por doquier. Recitales. Poemarios. Prólogos. Presentaciones. Biografías. Récord de ventas. Antologías. Obras completas. Traducciones al ruso. Festivales. Concursos. Premios. Floripondios. Yo calculo que más de un noventa y cuatro por ciento de la población granadina, de los tres sexos, se dedica a escribir versos, más o menos libres, en sus ratos de ocio, cuando se enamoran, se les muere el gato o simplemente se aburren. La mayoría los publica, por su cuenta y riesgo, y algunos llegan a vender media docena de ejemplares. Lo cual ya es un éxito insólito.

Llegar a ser ingeniero aeronáutico, o un afamado neurocirujano, requiere tanto unos complejos estudios  previos como unas prácticas constantes, siempre mejorables, pero considerarte poeta puedes decidirlo de la noche a la mañana, de súbito. Sin necesidad siquiera de matricularte en la Facultad de Filosofía y Letras, departamento de Poesía Hispánica. Te da el ataque, apañas una libreta y un bolígrafo y te pones a la faena. Algo saldrá. Y la cosa es que sale.

Ni el ingeniero ni el neurocirujano pueden ser autodidactas. Lo curioso es que la mayoría de los poetas sí lo son. Y por supuesto, los mejores. Les pongo como ejemplo a Rafael Alberti o  Miguel Hernández, por no remontarnos a lo stiempos de Quevedo y sus compañeros de fatigas. El título de poeta no se consigue estudiando una carrera, ni haciendo unas oposiciones, ni ganando un premio que seguramente ya estaba consignado. Ser o no poeta depende de la poesía que sea capaz de sentir, escribir y publicar el autor que lo sea. En un principio todos pueden ser poetas, y como tales se comportan, pero al final son muy pocos los que verdaderamente llegan a serlo. Y serán sus obras las pruebas irrefutables de su categoría universal. Otra cosa es que la inmensa mayoría de los seres humanos se considere aprendiz de poeta, incluso un  maestro, porque se le recaliente la líbido y se emocione, hasta un punto próximo a la ebullición, cuando piensa en la estructura molecular de la niña de la vecina, a través de un crucero por el Caribe. El oficio de poeta no se aprende en ninguna parte que no sea tu propia intimidad personal. Tenemos el estómago, según Cervantes, como la oficina donde se tramitan nuestros apetitos cotidianos, y el corazón, que es el laboratorio para acrisolar y convertir en palabra poética nuestros sentimientos. No es poeta el que quiere, sino el que puede. Tampoco es una cuestión de cantidad porque lo es de calidad. Hay poetas muy menores con muchos libros publicados y grandes poetas con media docena de poemas conocidos. El gran poeta lo es por lo que escribe y por lo que puede escribir. Ya lo dijo el genial Pablo Neruda:  «Puedo escribir los versos más tristes esta noche». Y el tío los escribió. Lo mismo cuando decía. «ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero». Esa incertidumbre, absoluta y permanente, es otra de las características del verdadero poeta. No saber si estamos viviendo la realidad real, y no se trata de una redundancia, o vivimos una realidad virtual, inventada a medida de nuestros deseos o conveniencias. Creo que la poesía más que una profesión es un oficio. Tal vez una vocación. Un regreso al insondable origen de la vida. Yo digo que la poesía es la distancia más corta posible entre dos personas. El poeta no escribe ni publica sus poemas para decir aquí estoy yo, que soy el único que puede explicaros los misterios del mundo, como son el amor, la muerte, el tiempo, la soledad, lo infinito, el olvido, la belleza o el placer. El poeta es un náufrago que desde una isla desierta envía mensajes para que alguien venga a rescatarlo. Está solo. La poesía es como un vicio solitario. El aire que respira. El mar que le rodea. Lo que pudo ser y no fue. La verdad es que todos tenemos un poco de poetas. Y de locos, según el dicho popular. Pero solamente aquellos que fueron llamados por los dioses, señalados por el destino, obligados por su propia naturaleza, inducidos por sus sentimientos, serán los que accedan al Parnaso de la posteridad. Tranquilos. No empujen.

No estarán los tiempos para dedicarse a la lírica, pero lo cierto es que cada día aparecen más poetas y poetos, peotas y poetisos, entonando sus endechas por las calles de Granada. La ciudad que pretende ser capital universal de la poesía, con su rey coronado, para que olvidemos que fue aquí, precisamente, donde una pandilla de criminales, indígenas, con premeditación, nocturnidad, alevosía y regocijo, asesinaron impunemente a uno de los más grandes poetas universales de todos los tiempos. Tiene que llover mucho sobre Granada para enjuagar las huellas de aquella salvajada. Fue en la madrugada del día 19 de agosto de 1936. Hace ya 76 años. Yo no lo olvido.

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