El Salto del Titiritero, por Fernando Anarcoma

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El salto del titiritero , por Fernando Anarcoma

Entre la realidad y el deseo hay un abismo a transitar. No es fácil salir, no sólo basta vivir, sino aprendes a desmigar y soltar lastres que no son de tu incumbencia: teje, desteje, y juega, que la vida es densamente pesada y seria a pesar de ti. Entre lo que deshaces y haces, vacías y renaces, no te ahogues. Hay que saber morir para renacer, y se mejora poco a poco, como un don que se va adquiriendo, y que te va alejando, ya no de los abismos de los otros sino del tuyo. Si escalas una cima no te rompas la crisma, disfruta del horizonte y respira, y baja tranquila, haciendo tuya la montaña con los bosques que la rodean; mas no les robes el espíritu, saboréalo y suéltate las trenzas, abrazando la armonía. Yo me hice añicos y recogí lo poco que era mío, que era inmenso; lo demás lo reuní, cogí unos troncos y les prendí fuego; y cuando la llama atravesaba el cielo lancé toda la basura que no era de mi autoría. Así renací de las cenizas que sigo amando al recuperar los secretos del niño que llevaba dentro; el niño que habían humillado antes de haber nacido; y que ahora sigo como un perro, mientras enhebramos el hilo de lo que aún no somos, a imagen del volatinero.

El vuelo de un niño es más potente que la realidad que lo aplasta si se sobrepone a ella. Desafiará la farsa de la impostura; tantas trampas y enredos, tejidos por falsos destinos y horizontes turbulentos y enmarañados, que hacen “honor” a los falsos honores de la infamia. Ese niño dibujó un pequeño lugar, un hueco, un punto en el telar de la tierra inabarcable, tejiendo un espacio para sí, donde la vitalidad y la emoción se fundieran con su experiencia y conocimiento, en comprensión y generosidad; rebelándose en descubrimiento y revelación; creando una posibilidad entre imposibles, una arquitectura que le abriera a su ir; como el árbol que se expande en todas direcciones abrazó las alas de su espíritu, y las dejó libres, para que el aire respire y los seres vivan, gracias al alimento que reciben y a su energía; preñada de una inocencia bondadosa.

Cuál es ese lugar. Dónde está. Cómo darle alcance. Él se montó en el corcel que recorre las orillas del tiempo, tras su tiempo, siguiendo lo desconocido, y le llamó Ir. Eso le dio sentido al jinete, enamorado del arco que hizo con sus manos, tensando la cuerda, afinando la mirada –como si ella y la punta de la flecha fueran lo mismo-, disparando a la nada donde arde Diana, como madre generadora de todo cuánto existe.

(Pensaréis vosotros, mis cadáveres exquisitos, que todo está dicho, que jugar con la retórica o el artificio de las palabras no aporta nada al fondo de la cuestión, sobre la sustancia de las esencias acerca del hecho de vivir; y que mi trama, quizá no responda a vuestras expectativas ni artimañas, ni concluye en alguna finalidad.

No sé si estaréis en lo cierto pero nadie sabe qué es exactamente, sólo os diré para terminar, donde me encuentro:)

Yo construí mi fortaleza y las paredes me aprisionaron, de tal modo que no pude ver. Tropecé conmigo y caí. Trampas crecieron a mis pies. Me entrampé como un esclavo que confió demasiado en la fortuna; y el incauto, sigue cavando, donde cavé hasta partirme la columna. Intenté salir de la fortaleza que reía con rancia soberbia y era tan recia y vanidosa que me hundí con ella; harto de consejos para volver al redil, y del mercado de las apuestas. (Contaros como salí de los escombros no es una exigencia para un arquero, así que evito los detalles, y la tentación a caer en cierta soberbia). Al final me empleé a fondo y me esmeré en convertir mis puntos más débiles en los más poderosos, renegando de muros y defensas, sin quedar del todo expuesto a las alimañas que acechan en la intemperie, -de algo me había servido acabar siendo un experto en el juego del escondite; y de las miradas que acecharon mis pasos cuando fui niño y adolescente; y como no, en los años, en que llaman a uno, adulto. Proteger la fragilidad no es cosa gratuita, y menos, fatal; como los muros que alzan los corazones para evitar a los depredadores. El problema que representa es que cuando se generaliza te pliegas como un erizo; y las púas pinchan sin distinción. Yo no podía cometer de nuevo el mismo error, con una fortaleza invadida de falsedades y mentiras; así que aposté siguiendo los impulsos del niño que pude ser, a pesar de caer en un sobrado estrabismo. Hice sumas y restas de aciertos y errores, alegrías y tristezas, desgracias y vuelos libres por la dicha, golpes de suerte y fatalismos, viajes de ida y de vuelta, ganancias y pérdidas – que nada tienen que ver con el mercado de las estadísticas-; y asomaron, escasas certezas, entre incertidumbres y caos; surcando renovados desafíos, mientras el cuerpo y la mente se mantengan en pie.

Y sigo, unas despacio, otras aprisa, por las sílabas que se agrupan y me llevan, fortaleciendo los mares del amor y la amistad, la vida que merece ser vivida; sin detenerme ni hacerme el conformista que huele a viejo, como tantos que se han detenido y dicen lo mismo de lo mismo, desde que atrofiaron el enriquecimiento de los espíritus de la conciencia cerrando los ojos al fulgor de la experiencia:

Todo lo libre que sé ser, contra el esclavo y mi esclavo que me la juegan cuando menos lo espero; y ahí ando, a vueltas con el tiempo que me queda, pues el camino es largo y pasa volando, y me expongo, como el pájaro de fuego, con las ventanas y puertas abiertas, haciéndome a mi manera, sin obligar a nadie.

Los ángeles han aprendido a ser discretos porque saben que si no les cortan las alas. Yo no creo en ellos, mas he aprendido la lección, y no es sencillo comprender los mensajes de las imágenes con que nos han confundido, desde que nacimos.

Aquí no se salva ni la lechera, mas la vida tiene sus desgracias, y aunque vayamos rumbo a peor, no deja de ser, para el que la alcanza, milagrosamente bella.

 

Nota: La imagen la encontré Aquí

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